Taiwán, el país que quiere ser Japón

Unas-chicas-en-un-concierto-en_54374494017_51351706917_600_226Taiwán está liberándose de la losa de la China continental. Durante decenios, y hasta hace muy poco tiempo, la República de China (es decir, Taiwán) ha vivido obsesionada por la República Popular, la China oficial, la reconocida por todo el mundo, excepto una veintena de países. Como una mujer despechada, el país está aprendiendo a dar la espalda al continente para mirarse en Japón.

Al igual que en tantos países que han sufrido la ocupación y la colonización, en este lugar se da un proceso de apropiación de ciertas herencias de la potencia que lo sojuzgó. Japón dominó Taiwán –la ilha Formosa que avistaron los navegantes portugueses en el siglo XVI– durante 50 años, desde 1895 hasta 1945. Al ser derrotada en la primera guerra chino-japonesa, la China de la dinastía Qing aceptó, conforme al tratado Shimonoseki que firmó con el imperio japonés, cederle Taiwán, las islas Pescadores y la península de Liaodong.

La derrota en la Segunda Guerra Mundial puso fin a la dominación japonesa, pero no ha borrado algunas de sus tradiciones –algunos trenes circulan por la izquierda, como allí– ni ha impedido que los taiwaneses se sientan más atraídos por la sociedad nipona que por la de sus antepasados –algunos, de sólo una gene­ración anterior– del continente.

A los ancianos del lugar les encanta hablar en el japonés que aprendieron quizá en la época en la que se intensificó la kominka o japonización del territorio. Si en 1936, el 32% de la población –1.650.000 personas– hablaba japonés, tan sólo cuatro años más tarde era ya el 51%. Esta campaña de asimilación incluía el cambio del apellido chino por uno de origen japonés, aunque no pasaba del 2% de la población –126.000 taiwaneses– quienes lo habían adoptado en 1943.
En los años sesenta aún era un signo de distinción hablar japonés puesto que significaba pertenecer a las clases acomodadas, que eran las que los ocupantes querían asimilar. Actualmente han perdido esa aureola, porque cualquier joven puede estudiarlo. Para estos, la lengua ha perdido la connotación tanto de dominación como de prestigio.

Esos mismos jóvenes, y no tan jóvenes, son los que se pirran por comprar en alguno de los cuatro centros comerciales japoneses SOGO que hay en Taipéi, tres de ellos concentrados en Don-Chu (la zona Este, literalmente), muy cerca uno de otro. Uno está dedicado a las grandes marcas internacionales de ropa, calzado y demás. Otro, enfocado a las familias, y el tercero de los ubicados en Don-Chu está pensado para los jóvenes.

La mejor alternativa a estos centros comerciales en versión local, sin que falten marcas como Dior o Chanel, está en el famoso Taipei 101. Fue, en el momento de su inauguración, en el 2003, el edificio habitado más alto del mundo, con 508 metros. Es una maravilla subir 89 pisos, hasta la azotea, en 38 segundos, sin notar ni acelerón ni frenada, suave como la seda. No en vano fue el ascensor más rápido del mundo, además del edificio de estas características más ecológico.

Huyendo del desarrollo económico a cualquier precio de sus hermanos continentales, los taiwaneses están en la vía de mantenerse entre los países más industrializados del mundo, teniendo en cuenta sus 23,25 millones de habitantes, al menor coste en materia de medio ambiente.

El centro del parque tecnológico de Hsinchu, al norte del país e ideado en 1980, parece más un jardín botánico que el primer centro de innovación biomédica, agrícola y tecnológica del país. En el 2007 firmó un acuerdo de cooperación con el parque japonés de Yokosuka.

Coches, electrodomésticos y aparatos electrónicos están los primeros de la lista entre los bienes de fabricación japonesa que los taiwaneses consumen siempre que su poder adquisitivo se lo permita. El nivel de vida en la isla es otro de los indicadores que la separan de su hermana-madre China continental. Mientras el PIB per cápita de Taiwán superó en el 2011 por primera vez los 20.000 dólares, el de la República Popular China no sobrepasa los 5.445, y el de Japón va por los 45.903 dólares. Si bien los datos de China y Japón proceden de las estadísticas del Banco Mundial, esta institución no incluye los referentes a Taiwán. Uno más de los inconvenientes de haber tenido que abandonar la ONU en 1971 al haber decidido su Asamblea General que ese puesto debía ocuparlo la República Popular China. Las Naciones Unidas consideran a Taiwán una provincia china, y la posibilidad de proclamar la independencia de la isla, defendida por el Partido Demócrata Progresista (PDP), elevó enormemente la tensión durante su época de gobierno, entre los años 2000 y 2008. En el 2004 perdieron las elecciones legislativas, y las presidenciales, en el 2008.

Volvió entonces al poder el histórico Kuomintang (KMT), que había dominado la política de la isla desde que su líder Chang Kai Chek llegó, derrotado por el Partido Comunista en la guerra civil, que terminó de hecho en 1949. Con él llegaron a Taiwán 1.300.000 chinos, la mayoría militares y refugiados de la etnia han. Reforzaban así el componente étnico de los han, que incluye a los holo, los haka y otros grupos llegados en distintas oleadas inmigratorias del continente, que constituyen el 95% de la población. El 2% son aborígenes, los habitantes austronesios originarios emparentados con los de numerosas islas del Sudeste Asiático y Oceanía. Las lenguas austronesias llegan hasta Madagascar. El restante 3% son inmigrantes, mano de obra no cualificada más barata que la autóctona, que les permite seguir siendo competitivos, después de haber sido uno de los cuatro tigres asiáticos del desarrollo económico en los años noventa. Cuando se trata de mujeres, son las cuidadoras de ancianos y enfermos y las criadas que las taiwanesas ya no quieren ser.

En el otro extremo de la escala social, los jóvenes salen a estudiar al extranjero. Jason, descendiente de varias generaciones de productores de té, estudia ingeniería en Boston y durante las vacaciones vuelve a Taipéi para trabajar en la tienda familiar del barrio en el que se concentran las antiguas fábricas y establecimientos de venta. El joven explica con la extrema amabilidad de los taiwaneses el proceso que siguen las hojas de té hasta convertirse en la preciada materia prima para elaborar el exquisito oloong, un té azul con distintas variantes según su mayor o menor grado de fermentación. No le importaría dedicarse, como su padre, su abuelo, su… a la elaboración y venta de té.

La última tendencia, sin embargo, es optar por Japón. Jenny no tiene clara su orientación universitaria. La familia ha decidido, eso sí, que estudiará en una universidad japonesa que permite, durante el primer año, cursar diferentes disciplinas para que los alumnos puedan hacerse una idea más precisa de en qué consistirán los estudios de cada materia en cursos posteriores. Jenny ha estudiado japonés y ya ha visitado varias veces ese país.

Ser muy trabajadores, prestar mucha atención a los detalles y ser extremadamente educados son algunas de las cualidades que la familia aprecia de los japoneses. Tanto como para encomendarles la educación superior de su hija. La madre, Cathy, está a punto de abrir un restaurante privado, en el que servirá comidas por encargo a un número reducido de personas, y su marido es un ejecutivo de una compañía petrolera. Para Cathy es una gozada pasear en Japón, da igual que sea en una gran ciudad o en una población pequeña. Todo está muy limpio y es cómodo. La tranquilidad, que también aprecia, queda limitada a ciertos rincones de las ciudades y los pueblos.

Los visitantes de la China continental son quienes alteran la paz del parque nacional de Taroko, en la costa nordeste de la isla, y los nervios de la guía voluntaria que lo enseña. Vivian se jubiló prematuramente de su trabajo y decidió que quería dedicarse a enseñar las gargantas del parque Taroko, que resultó desencajado por el terremoto de 1999. En este país, la palabra volunteer no significa voluntario. Cobran; no trabajan por amor al arte, pero sí se dedican con mucho amor a la tarea que han elegido como segunda profesión. Casco (por el peligro de desprendimientos constantemente anunciado), chubasquero (por las filtraciones en túneles y pasos subterráneos) y linterna en ristre, inicia cada mañana el recorrido por la parte accesible del parque. Ya advierte que, de caer al río, ni siquiera intentarán el rescate; esperarán a que el cadáver aparezca en la presa. Aclara que sólo algún insensato que no ha hecho caso de los carteles de peligro ha acabado en el barranco.

Vivian se altera cuando, después de haber comido tranquilamente jabalí y arroz cocinado en el interior de una caña de bambú –como sólo hacen los aborígenes de la zona–, ve cómo los chinos continentales bajan en tromba de los autocares y empiezan a escupir (algo que los taiwaneses no hacen) y a fumar. Para ella, son sucios, y el Gobierno hace bien en establecer cupos de visitantes, porque si no, se verían invadidos por ellos.

De haber asistido a la fiesta de los faroles del final del Año Nuevo chino en el pueblo de Pingxi, donde se mantiene la tradición de lanzar miles de faroles que iluminan esa noche el cielo con los deseos de quienes los lanzan, Vivian habría pedido mejores modales para sus hermanos del continente.

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